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| UDCPhotoPress / Adrián R. Meneses M. |
Su vida académica ha girado alrededor de la universidad de sus amores: la Universidad de Cartagena, en la que se graduó y con la que se siente profundamente vinculado espiritualmente.
“Es rico siempre dictar clase”, me confiesa entre una sonrisa de satisfacción.
Su vocación por ser docente estuvo presente desde su infancia. Es hijo de analfabetas. Su mamá fue su primera alumna, así que mientras cursaba primaria, simultáneamente él le enseñaba, no sólo a leer, sino a sumar, restar y multiplicar. Aunque aclara entre risas que nunca logró enseñarle a dividir.
Lo que le resulta más satisfactorio y placentero de dictar clase, asegura, es el sentirse con el privilegio de tener la gran responsabilidad de formar agentes de cambio, “pues eso son los estudiantes: personas que se están formando como agentes de transformación social”.
Desea ser recordado como un hombre que cumplió a cabalidad con su deber; desea además dejar un mundo en el cual exista mayor equidad social, ideal que para muchos es utópico.
Sólo le quita el sueño la posibilidad de despertar algún día y descubrir que la U. de C. no hace parte de su existencia.
“La vida no tiene secretos ni fórmulas, la vida se vive, es lo que pasa mientras pensamos en el futuro; sin embargo un elemento muy importante: la serenidad. El fin mismo de la vida (aunque pareciese contradictorio), es el de ir así sea de derrota en derrota, pero siempre hacia la victoria final.”

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